2120: Un mundo infeliz


Alberto Peláez
Alberto Peláez

A principios del siglo XX ser septuagenario era una gran noticia. En siglos anteriores alcanzar los 50 también se convertía en un logro encomiable. Sin embargo, todo avanza y las últimas tres décadas lo ha hecho a pasos agigantados.

Hoy ser centenario ya no es ninguna proeza. Ya no sale en las noticias el señor que ha cumplido 100 años al menos que, el longevo en cuestión, corra maratones o cosas por el estilo, no tan propias de su edad.

La medicina ha conseguido avances extraordinarios. Gracias, en parte a un desarrollo tecnológico en todos los ámbitos. De hecho, en la actualidad, en los países avanzados, una persona con una buena alimentación, realizando ejercicio físico; con una vida ordenada puede llegar a lo que en la actualidad se denomina la cuarta edad. Claro, todo esto aplicando la medicina preventiva que para eso está.

En el Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas están desarrollando un fármaco, aún experimental para alargar la vida del ser humano. Se han hecho experimentos con ratones y los resultados parecen tan prometedores como enigmáticos. Un joven hoy podría alargar la vida muchos años más de lo que se vive en la actualidad. Dentro de un tiempo, vivir 120 años será normal. Esto se podría llevar a cabo en un tiempo relativamente corto.

Pero aquí caben dos consideraciones. Una es de índole ético. ¿Buscamos la inmortalidad?. ¿De verdad querríamos ser inmortales?. Me recuerda a Drácula, la novela de Bram Stoker, que más allá de su necesidad por la sangre humana, era un alma atormentada. La novela de Stoker lo refleja mejor incluso que en el cine. La ficción supera a la propia ficción. ¿Es cuestionable la supuesta inmortalidad?. Reconozco que es un discurso de sociedad-ficción, pero al ritmo de cómo se están desarrollando los conocimientos, no hay que desdeñar ninguna opinión.

La segunda es de tipo social. Si existieran fármacos que pudieran alargar la vida, más allá de los 100 años no dejaría de ser una catástrofe para el planeta. Somos ya más de 7 mil millones de seres humanos que fagocitamos la Tierra con la saña de la destrucción. Habría que alimentar a más seres humanos de los que se puede, construir enormes megalópolis y buscar modelos neófitos para sociedades envejecidas. Si ya de por sí están acabando con la Tierra, ¿Cómo conseguiríamos hacer frente a esa situación que hoy, ya es irresoluble?.

Por muchos transgénicos que haya, habría que seguir esquilmando la fauna, la flora de manera que a la Tierra no le daría tiempo ni a reproducir ni a reproducirse. Haríamos de nuestra casa un paraje inhóspito.

Porque, a todo esto continuarían los nacimientos, algo evidente, para la reproducción del ser humano. Además con la curación de enfermedades que hoy son irresolubles se acabarían los problemas. Todos seríamos un poco más “inmortales” y acabaríamos con nuestro planeta y con nosotros mismos. ¿Habría que crear pandemias en los laboratorios?.

Si todo esto fuera cierto, sería una súper sociedad. La sociedad ideal; esa sociedad que roza la perfección como “Un mundo feliz” de Aldous Huxley. Claro que Huxley escribió un modelo social donde el ser humano estaba dirigido.

Este artículo de hoy es ciencia ficción. Imaginen que no lo escribí pero acuérdense que algún día alguien lo redactó. Tal vez lo recuerden dentro de 100 años y muchos de ustedes aún vivan. Claro, habrá que ver en qué condiciones.

Previous La Historia le hará justicia a Zapatero
Next La terquedad de Maduro

No Comment

Leave a reply